La igualdad también necesita a los hombres

La igualdad también necesita a los hombres

Por: Zaira Valeria Hernández Martínez

Durante muchos años, la conversación sobre igualdad se entendió como una lucha exclusiva de las mujeres. Y quizá era inevitable. Fueron ellas quienes alzaron la voz para exigir derechos que durante siglos les habían sido negados; quienes cuestionaron estructuras profundamente arraigadas y quienes abrieron camino para que hoy podamos hablar con mayor libertad sobre participación, liderazgo y equidad.

Gracias a esa lucha, el papel de las mujeres en la sociedad ha cambiado de manera significativa. Sin embargo, conforme avanzamos, también se vuelve necesario hacernos una pregunta distinta:

¿Es posible construir una sociedad más igualitaria si la conversación sigue ocurriendo solo entre mujeres?

Con frecuencia, cuando hablamos de igualdad dirigimos el mensaje hacia nosotras mismas. Organizamos foros, conferencias, talleres y espacios de reflexión donde la mayoría de quienes participan son mujeres. Compartimos experiencias, analizamos problemáticas y buscamos herramientas para seguir avanzando.

Y todo eso es necesario. Pero también resulta insuficiente. Porque la igualdad nunca ha sido un proyecto exclusivo de un solo género.

Si queremos transformar la cultura, también necesitamos transformar la forma en que hombres y mujeres aprendemos a relacionarnos.

Durante mucho tiempo, a los hombres también se les enseñó un modelo muy específico sobre cómo debían ser: fuertes, proveedores, emocionalmente invulnerables y responsables absolutos del sustento. Mostrar sensibilidad, pedir ayuda o involucrarse en las tareas de cuidado fue, durante décadas, interpretado como una señal de debilidad.

Hoy sabemos que esos estereotipos también tienen consecuencias.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha señalado que las normas tradicionales de masculinidad siguen influyendo en la distribución desigual del trabajo de cuidados y limitan tanto las oportunidades de las mujeres como la posibilidad de que los hombres participen plenamente en la vida familiar. Estas normas no solo afectan a las mujeres; también restringen la manera en que muchos hombres viven su paternidad, expresan sus emociones y construyen sus relaciones. (OECD)

Por eso, cuando hablamos de nuevas masculinidades, en realidad estamos hablando de algo mucho más amplio que un concepto de moda. Estamos hablando de hombres capaces de ejercer su liderazgo desde la empatía.

De padres presentes. De parejas corresponsables. De compañeros de trabajo que entienden que la igualdad no les resta oportunidades, sino que fortalece los espacios que comparten.

Y también estamos hablando de mujeres dispuestas a construir puentes, no únicamente a señalar diferencias. Porque la transformación social difícilmente ocurre cuando cada grupo conversa únicamente consigo mismo.

Necesitamos aprender a dialogar. A educarnos mutuamente. A reconocer que muchos de los cambios que hoy exigimos también requieren nuevas formas de convivencia.

Desde mi experiencia participando en asociaciones y distintos espacios de liderazgo, he tenido la oportunidad de coincidir con hombres que entienden que la igualdad no representa una amenaza, sino una oportunidad para construir mejores equipos, mejores organizaciones y mejores comunidades.

Y esa experiencia también me ha hecho comprender que el cambio cultural no llegará únicamente por la vía de las leyes o las políticas públicas.

Llegará cuando cambiemos las conversaciones que tenemos en casa. Cuando eduquemos a nuestros hijos desde el respeto y la corresponsabilidad. Cuando dejemos de asignar responsabilidades según el género y empecemos a compartirlas según las capacidades, los acuerdos y el compromiso.

Porque la igualdad no consiste en que las mujeres ocupen el lugar de los hombres.

Consiste en que nadie vea limitado su proyecto de vida por el simple hecho de haber nacido mujer o hombre. Quizá por eso el reto de nuestra generación ya no sea únicamente seguir abriendo espacios para las mujeres.

También consiste en construir una cultura donde hombres y mujeres puedan participar desde el respeto mutuo, la colaboración y la corresponsabilidad. Porque las transformaciones más profundas no ocurren cuando cambia un solo grupo. Ocurren cuando cambia la sociedad completa.

Y quizá el mayor avance no llegará el día en que dejemos de hablar de igualdad.

Llegará cuando la igualdad deje de ser una causa que defienden algunas personas y se convierta en una responsabilidad compartida por todas. Porque la igualdad dejará de ser una lucha de las mujeres cuando se convierta, verdaderamente, en una responsabilidad de toda la sociedad.

Quizá por eso el reto de nuestra generación ya no sea únicamente seguir abriendo espacios para las mujeres.

El verdadero desafío consiste en construir una cultura donde mujeres y hombres participen desde el respeto, la corresponsabilidad y el reconocimiento mutuo. Una sociedad donde el liderazgo no dependa del género, sino del compromiso; donde el cuidado deje de ser una responsabilidad exclusiva de las mujeres y donde educar en igualdad sea una tarea compartida.

Porque las transformaciones más profundas no ocurren cuando cambia un solo grupo. Ocurren cuando cambia la forma en que convivimos.

Estoy convencida de que la igualdad no se construye enfrentando a mujeres contra hombres, sino cuestionando las ideas que durante generaciones limitaron a ambos. Solo así podremos formar familias más fuertes, organizaciones más justas y comunidades donde todas las personas tengan la oportunidad de desarrollarse plenamente.

El objetivo nunca ha sido que las mujeres ocupen el lugar de los hombres. El objetivo siempre ha sido que nadie tenga que renunciar a sus sueños, a su voz o a sus oportunidades por razón de su género.

Porque el día en que la igualdad deje de ser una bandera de unos cuantos y se convierta en una convicción compartida por toda la sociedad, ese día habremos dejado de abrir puertas para comenzar, por fin, a construir un mismo camino.

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