Por: Karen Galván
Realizar actividad física de manera regular es una excelente forma de cuidar nuestra salud. Mantenernos activos favorece la movilidad, la fuerza, la resistencia y el bienestar físico y emocional. Sin embargo, cuando combinamos el ejercicio con las exigencias de la vida diaria y la carga laboral, es importante aprender a reconocer los límites de nuestro cuerpo.
¿Cuántas veces hemos escuchado a nuestro cuerpo decir “estoy cansado”, “necesito descansar” o “algo no se siente bien” y, en lugar de hacerle caso, pensamos que es flojera y continuamos con nuestras actividades?
Vivimos en una sociedad que muchas veces relaciona el descanso con falta de productividad. Por eso, podemos llegar a ignorar señales como el cansancio persistente, la disminución del rendimiento, la sensación de pesadez muscular o las molestias que aparecen durante o después del ejercicio.
Continuar entrenando sin permitir una recuperación adecuada puede favorecer la aparición de sobrecarga muscular, disminución del rendimiento y lesiones por sobreuso. Y es precisamente en ese momento, cuando el dolor o la lesión nos obliga a detenernos, cuando solemos preguntarnos: ¿por qué esperé hasta llegar a este punto?
La respuesta no debería ser esperar a que el cuerpo nos obligue a parar.
Entrenar no significa exigirse al máximo todos los días
Ser físicamente activo no significa hacer más ejercicio todo el tiempo. También significa aprender a dosificar las cargas, respetar los periodos de recuperación y adaptar el entrenamiento a nuestras capacidades y necesidades.
Aquí es donde la fisioterapia puede desempeñar un papel importante.
Dentro de la fisioterapia encontramos diferentes áreas de intervención, entre ellas la fisioterapia deportiva, que no se limita únicamente a rehabilitar lesiones. También tiene un importante componente preventivo.
El fisioterapeuta puede ayudar a identificar factores que podrían aumentar el riesgo de lesión, valorar el movimiento, detectar alteraciones funcionales y orientar sobre ejercicios adecuados de acuerdo con las características y objetivos de cada persona.
¿Y si en lugar de esperar a lesionarnos, nos preparáramos para prevenir?
La prevención no significa dejar de hacer ejercicio. Al contrario: significa aprender a entrenar de manera más inteligente.
Un programa adecuado puede incluir ejercicios de fuerza, movilidad, coordinación, equilibrio y acondicionamiento físico, además de estrategias para progresar de manera gradual y permitir una recuperación adecuada.

No todas las personas necesitan realizar el mismo entrenamiento ni soportar las mismas cargas. Lo que puede ser adecuado para un deportista experimentado puede no serlo para una persona que está comenzando a realizar actividad física.
Por eso, dosificar el ejercicio es tan importante como realizarlo.
El descanso también forma parte del entrenamiento
Descansar no significa ser flojo ni perder el progreso. La recuperación es una parte fundamental de un estilo de vida activo.
Aprender a reconocer cuándo necesitamos disminuir la intensidad, modificar una actividad o tomar un periodo de recuperación puede ayudarnos a mantenernos activos durante más tiempo.
La finalidad no es esperar hasta que aparezca una lesión para acudir a fisioterapia. La finalidad es utilizar la fisioterapia como una herramienta que nos ayude a movernos mejor, entrenar de manera segura, prevenir problemas y mantener nuestra funcionalidad.
Escucha a tu cuerpo
La próxima vez que aparezca un cansancio diferente al habitual o una molestia durante el ejercicio, en lugar de pensar inmediatamente “es flojera”, pregúntate:
¿Qué me está intentando decir mi cuerpo?
Ser activo es saludable, pero aprender a escuchar nuestro cuerpo también lo es.
No se trata de hacer menos. Se trata de aprender a hacerlo mejor.
La fisioterapia deportiva puede acompañarte en ese proceso: previniendo, orientando, dosificando y rehabilitando cuando sea necesario, para que puedas continuar disfrutando de una vida activa y saludable.
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