Por: Olga Hernández Aguilar
El otro día me descubrí pensando en algo curioso: durante muchos años creí que a estas alturas de la vida ya tendría que saber perfectamente quién soy. Y resulta que no.
Sé muchas cosas que antes no sabía. Sé qué personas quiero cerca y cuáles prefiero querer… pero de lejitos. Sé que unos zapatos preciosos dejan de ser preciosos después de dos horas si me están matando los pies. Sé que hay discusiones que no merecen ni cinco minutos de mi vida y que un buen café, una conversación deliciosa y reírse hasta que duela la panza siguen siendo pequeños lujos extraordinarios.
Y aun con todo eso, sigo descubriendo cosas de mí que me sorprenden. Y, pensándolo bien, qué bueno.
Durante mucho tiempo vivimos siguiendo una especie de calendario invisible. Había una edad para cada cosa y, sin darnos cuenta, fuimos cumpliendo casillas: estudiar, trabajar, formar una familia, cuidar, resolver, cumplir. Lo extraño es que nadie nos explicó qué venía después. Como si llegada cierta edad una ya debiera tener definida hasta la personalidad: ser sensata, prudente y, por favor, no salirse demasiado del personaje.
¿Y quién decidió eso?
No voy a decirte que cumplir años es maravilloso porque tampoco se trata de engañarnos. El cuerpo cambia. Hay días en que aparece un dolorcito en un lugar que ni sabíamos que podía doler. El espejo a veces nos sorprende y algunas pérdidas nos han enseñado, de la manera más dura, que el tiempo sí importa.
Pero con los años también pasa algo interesante: empezamos a entender cuánto vale nuestro tiempo. Ya no queremos gastarlo explicándonos, tratando de caerle bien a todo el mundo o sosteniendo conversaciones que sabemos que no van a ninguna parte. A veces nos llaman difíciles. Yo creo que simplemente nos volvimos más selectivas.
Lo curioso es que justo cuando una mujer empieza a conocerse mejor, el mundo parece tener una lista bastante precisa de cómo debería comportarse. Que si ese vestido ya no. Que si ese cabello. Que si deberías ser más discreta. Que si eso “ya no va contigo”. Que si a nuestra edad…
¡A nuestra edad qué!
Durante años pensé que con el tiempo una iba convirtiéndose en una versión definitiva de sí misma. Como cuando terminas de armar un rompecabezas: ésta soy yo, listo. Ahora no estoy tan segura.
Sigo descubriendo cosas de mí que no conocía. He cambiado de opinión sobre asuntos que juraba tener clarísimos. Hay situaciones que antes me habrían quitado el sueño y hoy apenas me mueven una ceja. Y otras, en cambio, me importan mucho más de lo que imaginaba. A veces reacciono y pienso: “Mira tú… ésta no me la sabía”.
Y eso me parece fascinante. Porque entonces la pregunta cambia. Ya no es solamente cuánto tiempo nos queda o qué cosas nos faltan por hacer. Es quiénes vamos a ser mientras vivimos ese tiempo.
¿Seré más paciente? Espero que sí. ¿Me preocupará menos lo que piensen los demás? Voy mejorando. ¿Seguiré comprando cosas que no necesito porque están preciosas? Sobre ese punto prefiero no hacer promesas.
También hay cambios más profundos. Un día descubrimos que algo que defendimos durante años ya no nos representa. Que necesitamos más silencio. Que queremos menos compromisos. Que disfrutamos nuestra propia compañía mucho más de lo que imaginábamos.
Y no siempre ocurre con grandes decisiones. A veces sucede un martes cualquiera: dices algo que antes habrías callado, dejas de justificarte, algo que te daba miedo deja de dártelo o simplemente descubres que ya no necesitas tener razón.
Pasamos buena parte de la juventud tratando de descubrir quiénes éramos y después asumimos que, llegada cierta edad, el asunto tendría que estar resuelto.
Pero una cosa es cambiar todos los días y otra muy distinta descubrir, con los años, que podemos transformarnos de verdad. Cambiar de opinión sobre algo que creíamos inamovible. Dejar atrás una forma de vivir que ya no nos representa. Atrevernos a decir lo que antes callábamos. Descubrir necesidades, límites e incluso deseos que no reconocíamos como nuestros.
Eso es lo que me intriga.
Pensar que todavía podemos convertirnos en una mujer que hoy no alcanzamos a imaginar.
Conozco bastante bien a la mujer que fui. Estoy aprendiendo a entender a la que soy hoy. Pero la que seré dentro de cinco o diez años… a esa todavía no la conozco.
Y por primera vez no necesito conocerla de antemano. Me basta con dejarle espacio para que me sorprenda.
A las mujeres que me leen y siguen acompañándome en estas conversaciones, gracias. Ojalá sigamos encontrándonos aquí, compartiendo dudas, risas y un pedacito de vida. Y si estas palabras te hicieron pensar en una amiga, una hermana o en otra mujer querida, compártele la revista e invítala a acompañarnos también.
Nos leemos en quince días. Lo mejor del capítulo aún no se ha escrito.
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