Hay recuerdos que siempre encuentran el camino de regreso

Hay recuerdos que siempre encuentran el camino de regreso

Por: Olga Hernández Aguilar

Hay algo especial en estos días de octubre. Las calles comienzan a llenarse de flores de cempasúchil, aparecen el papel picado, las calaveritas de azúcar y ese aroma tan particular que anuncia la llegada del Día de Muertos.

Y casi sin darnos cuenta, también empiezan a llegar los recuerdos.

Basta mirar una fotografía antigua para que aparezcan las voces, las risas y hasta las ocurrencias de quienes alguna vez compartieron nuestra mesa. De pronto recordamos una tarde en familia, una comida que se preparaba de cierta manera o aquella historia que alguien contaba una y otra vez, aunque todos conociéramos perfectamente el final.

Lo curioso es que pocas veces recordamos los grandes acontecimientos. Muchas veces extrañamos las cosas más sencillas: escuchar que alguien nos llamaba desde otra habitación, encontrar la cocina llena de gente, las conversaciones que se cruzaban unas con otras o esas reuniones que empezaban con un café y terminaban cuando ya había oscurecido.

En aquellos momentos nadie pensaba que algún día serían recuerdos tan valiosos. Estábamos ocupados viviendo, riendo, discutiendo por alguna tontería y haciendo planes para la siguiente reunión.

Y qué manera de extrañar ciertos sonidos. El ruido de los platos mientras se servía la comida, las sillas que alguien acercaba porque nunca cabíamos todos, las voces que se escuchaban desde la cocina y esa pregunta tan familiar: «¿Ya comieron?». Hoy parecen detalles pequeños, pero cuánta vida había en ellos.

Quizá por eso me gusta tanto esta tradición. Porque durante unos días tenemos una hermosa excusa para volver a hablar de quienes ya no están, para sacar fotografías guardadas, preparar sus platillos favoritos y contar esas anécdotas que siempre consiguen arrancarnos una sonrisa.

Y sucede algo maravilloso: basta que alguien diga «¿Se acuerdan de cuando…?» para que todos tengan algo que agregar.

Uno recuerda un detalle, otro corrige la historia y alguien más termina riéndose antes de poder contar su parte. Por unos instantes, aquellas personas vuelven a ocupar su lugar en la conversación.

Hay fotografías en las que todos estamos sentados alrededor de una mesa, como si aquella tarde pudiera durar para siempre. Las miro y me descubro buscando los rostros, reconociendo gestos y recordando la voz de cada uno. Entonces comprendo que una mesa familiar nunca fue solamente un lugar para comer: también fue el sitio donde aprendimos a escucharnos, a querernos y a estar juntos.

Claro que hay ausencias que duelen. Sería imposible negarlo. Pero con los años también descubrimos que recordar no siempre significa entristecernos. A veces es una manera de agradecer todo lo que vivimos juntos.

Me gusta imaginar que, si nuestros seres queridos pudieran asomarse a esas reuniones, disfrutarían escuchándonos recordar sus historias, sus costumbres y hasta sus pequeños defectos, esos que hoy mencionamos con tanto cariño.

El Día de Muertos tiene precisamente esa belleza: nos permite mirar la ausencia sin olvidar la alegría de haber compartido la vida.

Y mientras colocamos flores, encendemos una vela o acomodamos una fotografía en la ofrenda, también podemos mirar a quienes hoy están a nuestro lado. Porque todavía tenemos muchas sobremesas por disfrutar, abrazos por dar, llamadas por hacer y recuerdos nuevos por construir.

Quizá valga la pena sentarnos un ratito más a conversar, escuchar esa historia que ya sabemos de memoria o tomar una fotografía sin esperar una ocasión especial. No sabemos cuál de esos momentos sencillos terminará siendo el que más atesoremos.

Tal vez esa sea una de las enseñanzas más bonitas de estas fechas: comprender que los momentos cotidianos, aquellos a los que casi nunca damos importancia, pueden convertirse algún día en nuestros recuerdos más queridos.

Al final, quienes amamos no solamente viven en las fotografías que colocamos en una ofrenda. También están en nuestras palabras, en nuestras costumbres, en las historias que seguimos contando y, sobre todo, en esa sonrisa que aparece cada vez que los recordamos.

Con todo mi amor, a mi madre, a mi familia y a mis amigos que hoy viven en mis recuerdos y en mi corazón. De ustedes recibí tanto cariño, enseñanzas, cuidados… y también aquellos regaños que hoy recuerdo con una sonrisa.

A ustedes, queridas lectoras, que me regalan un poquito de su tiempo y me acompañan en estas líneas, ojalá estas palabras les hayan traído algún recuerdo bonito, una sonrisa o las ganas de compartir una historia con quienes tienen cerca.

Nos encontraremos en la próxima edición, con nuevas historias, pensamientos y esas pequeñas cosas de la vida que siempre vale la pena compartir.

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