Una rosa que se lleva el viento

Una rosa que se lleva el viento

Por: Mauricio Hernández Sarvide

El rock mexicano no puede entenderse sin Caifanes. Saúl Hernández, Sabo Romo, Alejandro Marcovich, Alfonso André y Diego Herrera eran tan atípicos como talentosos. Peinados nunca vistos, maquillaje inspirado en The Cure, excentricidad y mucha originalidad han sido el sello de una de las bandas más prolíficas en la historia latinoamericana.

Como muchos artistas, su legado comenzó con una visión alocada y un desborde de auténtica pasión. Todo eso quedó plasmado en su primer disco, Caifanes, que incluía muchos éxitos que resuenan hasta hoy. Pero esta vez toca hablar de una de sus obras más representativas: “Viento”.

Este sencillo tiene un origen peculiar, como muchas obras artísticas. Cuenta la historia que un día Saúl y Romo estaban comiendo tacos en alguna colonia de la Ciudad de México. Luego de un rato, notaron que una pareja de viejitos los observaba, probablemente por sus looks tan particulares. Tanta fue la tensión que los artistas se acercaron a pedir disculpas por la incomodidad que pensaron que estaban generando, pero para su sorpresa, aquellas personas solo los felicitaron por su autenticidad. No solo eso: el señor, inspirado en la singularidad de sus cabelleras, les dio una servilleta con la frase “préstame tu peine y péiname el alma”. Así nació “Viento”, una obra simbólica y romántica.

Este es uno de los hits más reconocidos de la banda: profundo, particular, poético y hermoso. Es una obra que compagina el tiempo con la pasión, que destaca a la amada y, reconociendo que algún día acabará lo suyo, plantea la idea de congelar el paso del reloj como una añoranza más que profunda. Todo ello lo contrasta con el viento, símbolo de la inevitabilidad y la naturaleza del paso de los días.

La canción reflexiona sobre lo efímero del amor y la vida. Destaca el anhelo de escapar con el ser amado —incluso a otro planeta— y, sobre todo, de detener el tiempo para que lo efímero no termine por esfumarse.

Caifanes sabe que, por más que queramos jugar a ser Cronos, la vida es así. No podemos evitar que el reloj siga corriendo, pero tampoco es un pecado soñar con congelarlo por momentos.

Dentro del paso del tiempo se esconde el valor de los instantes que vivimos. Esa fragilidad, la de la imposible pausa y el deseo de habitar un momento eternamente, hace aún más valiosa una mirada, un abrazo, una palabra, un beso. Casi siempre se vislumbra el valor de dichos momentos hasta después; aunque, en contadas ocasiones, uno reconoce cuando está siendo espectador y protagonista de esa fragilidad.

A veces, aun sabiendo que el mañana nos arrebatará el hoy, uno se lanza al abismo y abraza esa delicadeza que ofrece el tiempo. Hay instantes que vale la pena vivir, aun sabiendo que se acabarán. No importa si son minutos o días; aun así, hay lugar para la pasión y para soñar con un “hubiera” donde las circunstancias permitieran algo distinto.

Dichos instantes atacan sin piedad. Saber que algo se acaba o que dura poco solo hace que un momento aumente su valor, pero también el dolor a futuro. A veces, simplemente te sorprende un sábado cualquiera y te das cuenta de que basta una conversación donde coexisten una rosa, una sonrisa y la pasión entre dos para activar ese deseo del que habla Caifanes: ese que hace que en tu mente no deje de sonar el verso: “Vientooo, amárranos…”

A veces, instantes como ese te hacen desear que al tiempo no se lo llevara el viento. Que no soplara mejor. Que no se llevara ni esa rosa, ni esa pasión.

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