Por: Mauricio Hernández Sarvide
El otro día platicando con varios camaradas, comentábamos acerca de las ventajas y desventajas de la familia. Todos concordamos que efectivamente, es difícil tratar con tus “roomies” de toda la vida, pero que sin ellos nada sería igual.
Algo parecido sucede en Tierra de Osos (2001), en mi opinión, una de las joyitas de animación de Disney. Esta película nos cuenta la historia de tres hermanos. Sitka, Denahi y del protagonista, Kenai. Los tres son cazadores y dedican sus días a juntar comida para su tribu.
En su aldea, existe una tradición. En términos simples, cada miembro a cierta edad, recibe un tótem, una figura de un animal otorgado por los espíritus del cielo y por la chamana de la tribu. Dicho tótem, otorga una cualidad al aldeano que la ayudará a regir su vida. Para algunos es valentía, belleza, sabiduría, guía, entre otros.
Kenai está a punto de recibir el suyo, pero no le contenta que los espíritus hayan escogido el oso del amor para él. Paralelamente y luego de las burlas, descubre que la cesta de comida ha sido hurtada por un oso por culpa suya. Él en venganza decide ir a cazarlo.
Cegado por la ira, Kenai se enfrenta al oso ayudado por sus hermanos, quienes iban a rescatarlo. En el combate, Sitka muere intentando salvarlos y el oso escapa. Luego de su funeral, Kenai decide ir de nuevo en busca de venganza y consigue su cometido al matar al oso. Sin embargo, los espíritus del cielo tienen un plan distinto para él y como castigo por su asesinato, lo convierten justamente en un oso.
Posteriormente conoce a Koda, otro osezno que busca a su madre y que necesita un acompañante para llegar al “salto del salmón”. Kenai casi obligado, accede a acompañarlo. Durante el viaje descubre por su propia cuenta lo que significa ser un animal y aprende acerca del amor fraternal, la empatía y las segundas oportunidades. Porque, aunque se enterará después, Kenai sin querer, mató a la mamá de Koda. Todo mientras Denahi, lo busca pensando que es quien asesinó al mismo Kenai en las montañas.
Lo que vemos en el protagonista es justamente una transformación más allá de la física. Kenai entiende el daño que provocó, entiende el terror que viven los animales de ser cazados por humanos como él. Pero sobre todo entiende el amor.

Él es el menor de sus tres hermanos y curiosamente ahora sin darse cuenta, se ha convertido en un hermano mayor para Koda. Sabe que tiene una responsabilidad con él y decide quedarse como oso para vivir nuevas aventuras junto a su nuevo hermanito, cumpliendo el cometido de los espíritus del cielo.
La familia no se escoge, solo te toca. Como si fuera un sorteo, así como le pasó a Kenai y a Koda. Pero todos los días aprendes a convivir y a quererlos.
Tener un hermano es un lastre a veces, sobre todo si es menor. Un día eres tú solo y al otro tienes que compartir todo, pelear a golpes por un dulce y acostumbrarte a que al menos el tiempo que vivas en casa, él siempre estará merodeando y muchas veces viendo como molestarte.
Sin embargo, también es una bendición. En los momentos difíciles ganas un aliado extra. Ganas un compañero de aventuras, un portero para poder jugar futbol, un soporte, un amigo con quien reír, un mentor que te dice cuando la riegas, alguien que te cubre con tus papás, alguien con quien ver películas, con quien jugar videojuegos, alguien que muchas veces damos por sentado, pero que siempre está ahí.
Tener hermanos es así. Les podrás hablar con todo el asco y desprecio del mundo, pero sabes que si fuera necesario darías la vida y más solo porque ese parásito exista un día más. Lo especial aquí es que tenerlos te mejora la vida mucho más de lo que te la empeora, porque con el pasar del tiempo descubres que nada es igual si no lo compartes con ellos.
Y aunque a veces los lugares cambian y uno sea Kenai y el otro Koda, sabes que siempre uno cuidará del otro sin importar qué y si no, que al menos tienes alguien a quien hablarle para pedirle que te abra porque se te olvidaron las llaves, aunque lo necesites siempre para mucho más que eso.
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