No somos las mismas

No somos las mismas

Por: Olga Hernández

Hay conversaciones que parecen no tener importancia y, sin embargo, se quedan rondando en la cabeza durante días.

Hace poco estaba tomando café con varias amigas. Hablábamos de todo un poco: de los hijos, de lo rápido que suben los precios, de las cosas que antes nos preocupaban y de las que ahora simplemente nos hacen sonreír.

En medio de la charla, una de ellas dijo algo que hizo que todas levantáramos la vista:

—Últimamente siento que ya no soy la misma.

Hubo unos segundos de silencio. No porque fuera una confesión triste. Al contrario. Creo que todas entendimos perfectamente lo que quería decir.

Porque llega un momento en la vida en que una empieza a darse cuenta de que algo ha cambiado. No necesariamente en el espejo. A veces el cambio ocurre en silencio: en la manera de pensar, en las cosas que dejamos de tolerar, en las opiniones que ya no nos quitan el sueño y en la necesidad, cada vez menor, de dar explicaciones.

Días después, en otra conversación, alguien me hizo una pregunta muy sencilla:

—¿Y tú cómo estás?

No cómo está tu familia. No cómo van tus hijos. No cómo está el trabajo. Tú.

Y por un instante me quedé pensando. No porque estuviera mal. Simplemente me di cuenta de que llevaba mucho tiempo pendiente de todo y de todos, sin detenerme a mirar cómo estaba yo.

Tal vez a muchas mujeres nos pasa algo parecido. Pasamos años cuidando, organizando, resolviendo problemas y acompañando a quienes amamos. Lo hacemos con gusto, porque forman parte de nuestra vida y de nuestra historia. Pero mientras estamos ocupadas atendiendo tantas cosas, también vamos cambiando. Y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta.

Un día descubrimos que preferimos una tarde tranquila a una agenda llena. Que una conversación sincera vale más que quedar bien con todo el mundo. Que nuestro tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en personas, situaciones o preocupaciones que no nos aportan nada.

Y entonces entendemos algo importante: no somos las mismas. Y eso no tiene nada de malo.

Durante mucho tiempo se nos enseñó que la estabilidad consistía en permanecer iguales. Como si cambiar de opinión, de prioridades o de sueños fuera una señal de debilidad. La vida, sin embargo, tiene otros planes.

Nos transforma.

Lo hacen los años, las experiencias, las alegrías, las decepciones y las personas que dejan huella en nuestro camino.

Por eso llega una etapa en la que empezamos a elegir de manera diferente. Elegimos mejor nuestras amistades, en qué gastamos nuestro tiempo y cuáles son las batallas que vale la pena pelear. Y, sobre todo, dejamos de vivir tan pendientes de lo que esperan los demás.

Quizá por eso esta etapa tiene algo tan especial. Porque muchas ya no estamos construyendo la vida que otros imaginaron para nosotras. Estamos empezando a construir la vida que realmente queremos vivir.

No siempre es fácil. Hay dudas, cambios y días en que una se pregunta qué sigue. Pero también hay una libertad nueva: la libertad de ser más auténticas, de conocernos mejor y de quedarnos con lo esencial.

A veces pienso que la madurez no consiste en acumular años. Consiste en reconocer quiénes somos después de todo lo vivido. Y eso, aunque no siempre lo veamos, tiene una enorme belleza.

Nos leemos en quince días. Mientras tanto, sé amable con la mujer que eres hoy.

Le ha costado mucho convertirse en ella.

Síguenos en nuestro canal de difusión:

https://whatsapp.com/channel/0029VbAa7Ek3GJP4HI31JY3N

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *