Por: Dra. Verónica Ramona Ruiz Arriaga Profesora Investigadora Titular C.
A pesar de que la opinión ciudadana ha sido difundida en diferentes medios de comunicación masiva con respecto al problema de la movilidad urbana en la glorieta 24 horas de Pachuca, es importante reforzar el análisis desde aquel punto de vista. Las y los peatones que han externado su opinión, señalan que las obras de remodelación que recientemente fueron efectuadas en ese espacio, si bien tienen algunos aciertos, resultan a la postre, negativas para la población. A pesar de que, en mayo de 2025, se replanteó el proyecto “para priorizar a los peatones”, una vez más se priorizó al automóvil frente a nuestros ojos.
El primer elemento a considerar es que esa obra pretendía mejorar la movilidad y el flujo vehicular en los bulevares Felipe Ángeles y Colosio, así como disminuir el número de accidentes. Para tal efecto, básicamente se redujo el tamaño de la glorieta liberando un carril interno, se construyeron retornos y se instalaron pasos peatonales a nivel, obra que, según la licitación respectiva, le costó a la ciudadanía 35.5 millones de pesos. En ese sentido, la población admite que el nivel de seguridad peatonal que ofrece ese punto para el cruce peatonal, mejoró luego de la colocación de los pasos pompeyanos (elevados) y de los reductores de velocidad; además de que, la circulación vehicular también es un poco más fluida y más segura. No obstante, el problema para las y los peatones sólo cambió, como parte que es, de una cuestión sistémica que inicia con decisiones tomadas por quienes desconocen o relegan las necesidades cotidianas de la mayoría de las personas usuarias.
Ese desconocimiento queda de manifiesto desde el diseño de la remodelación, pues sí se pensó y se consideró el retorno vehicular, pero no se pensó ni se respetó el paradero de transporte público que era sumamente necesario, concurrido y funcional para distribuir el flujo peatonal que debía cambiar de sentido o de modalidad de transporte, recorriendo distancias moderadas (aunque no pequeñas), y que ofrecía una banqueta amplia, la cual, al estar abajo del puente, brindaba también, una protección del sol y de la lluvia para esa población vulnerable, además de que, por estar en curva, permitía mayor visibilidad para el público usuario del transporte convencional. De suyo, era de las paradas más amigables con que contábamos las y los peatones en la ciudad, antes de que nos fuera arrebatada, sin darnos oportunidad de opinar.
Había dos aspectos a mejorar: la seguridad al atravesar desde CENHIES (que con el reductor de velocidad y el paso pompeyano mejoró), y el orden necesario para el transporte, que aún era aceptable. En este sentido, es evidente que el orden a respetar por parte de los conductores del transporte público, es crucial y falta siempre que está ausente la vigilancia de las autoridades de tránsito, quienes, es necesario decirlo, han renunciado a ejercer sus más elementales funciones. Si alguna duda cabe al respecto, basta pasar, por ejemplo, sobre el Boulevard Nuevo Hidalgo esquina con Colosio (Soriana del Valle), para ver autobuses estacionados en tercera fila y camionetas hasta en quinta fila. De hecho, todo el desorden permitido por esas autoridades, cuando hace crisis, trata de cambiarse a base de golpes de infraestructura que dañan y confinan a las y los peatones (como los puentes del Tuzobús y la glorieta en cuestión), en lugar de aplicar el orden.
En el caso, con la remodelación, los autos que circulan de noreste a suroeste y viceversa (aunque sean pocos), pueden retornar antes de darle vuelta a la glorieta, ahorrándose unos 200 metros y aligerando un tanto el flujo vehicular. A cambio de eso, la situación peatonal empeoró considerablemente, pues el transporte público sólo se detiene en el puente próximo al CENHIES y su siguiente parada es hasta Soriana del Valle. Eso implica una distancia de 1.2 kilómetros entre una parada y otra y un recorrido adicional de medio kilómetro, por lo menos, a cargo de cada persona, independientemente de su edad, de su condición de salud, de la carga que lleve a cuestas o de la discapacidad que porte temporal o permanentemente, y de si es bajo la lluvia o bajo el sol. No parece justo y es sencillamente porque ¡no lo es!
Ahora bien, si se tomó el espacio ganado al reducir la glorieta para que el automóvil pueda retornar ¿por qué no mantener un carril para la parada de transporte público que usaba constante y masivamente la población peatonal (que implica a 7 de cada 10 personas)? ¿por qué suprimir definitivamente el espacio de las paradas de transporte colectivo que es útil para la gente?
Es frustrante ver que ahora las y los peatones pueden cruzar en los entornos de la glorieta con más seguridad, pero que, al desaparecer esa parada del transporte público, tal solución, en lugar de simplemente beneficiarles, casi anula su efecto, pues disminuye considerablemente la frecuencia de su uso, mientras que se les exige caminar al menos medio kilómetro más en cada recorrido, por ejemplo, para abordar el Tuzobús, que por sí mismo, ya les requería andar un kilómetro de distancia.
A pesar de que desde los Objetivos de Desarrollo Sostenible a los que está obligado todo el país, hasta la normatividad municipal, refieren que las y los peatones son la prioridad del sistema de movilidad urbano que, además, debe ser sustentable, y que este sector poblacional ocupa el primer lugar en la pirámide de la movilidad, seguimos siendo objeto de un olvido y del descuido que raya en la discriminación y en la vulneración del derecho a la movilidad, constitucionalmente reconocido.
Tristemente, esa realidad no sorprende, dado que solemos adaptamos a estas decisiones que excluyen sin escuchar y que son insensibles ante las necesidades del pueblo “soberano”, cuya soberanía, al parecer, radica en su aguante.
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