Por: Karen Galván
La fisioterapia sigue siendo, en muchos contextos, una de las áreas de la salud más olvidadas y subestimadas, especialmente cuando se habla de prevención. A menudo se le asocia únicamente con la rehabilitación posterior a una lesión, una cirugía o un episodio de dolor, dejando de lado su enorme potencial para evitar que estos problemas aparezcan en primer lugar. Sin embargo, la fisioterapia va mucho más allá de “tratar cuando ya duele”; es una herramienta clave para educar, acompañar y promover una vida activa, funcional y saludable.
Desde la fisioterapia, los profesionales buscamos constantemente generar conciencia sobre la importancia de adoptar buenos hábitos de movimiento: aprender a movernos de forma correcta, respetar la biomecánica del cuerpo y comprender que el movimiento es una necesidad, no un riesgo. Durante años se nos enseñó a temerle al esfuerzo físico y a priorizar el reposo ante cualquier molestia. Hoy, ese paradigma está cambiando. Cada vez es más claro que deberíamos tenerle más miedo al reposo prolongado que al movimiento bien guiado.
Si como sociedad lográramos generar una verdadera conciencia sobre la actividad física regular y adaptada a cada persona, muchas enfermedades podrían prevenirse o, al menos, retrasarse. Dolores musculoesqueléticos, problemas articulares, alteraciones posturales, enfermedades crónicas e incluso afectaciones en la salud mental están estrechamente relacionadas con el sedentarismo. Movernos no solo fortalece el cuerpo; también mejora la calidad de vida, la autonomía y el bienestar emocional.
Durante mucho tiempo se creyó que el reposo era la mejor solución para disminuir el dolor y las molestias físicas. En casos como las hernias discales, por ejemplo, se prohibía casi por completo el ejercicio, especialmente el trabajo con pesas. Hoy en día, distintos estudios científicos demuestran lo contrario: el ejercicio de fuerza, bien planificado y dosificado, puede ayudar a disminuir el dolor, mejorar la estabilidad, fortalecer la musculatura de soporte y devolver la confianza en el movimiento.

Eso sí, es fundamental entender que no se trata de hacer ejercicio de manera indiscriminada. La clave está en la supervisión de un fisioterapeuta capacitado, que evalúe, guíe y adapte el ejercicio a las necesidades, capacidades y condiciones de cada persona.
Una correcta dosificación del ejercicio marca la diferencia entre el beneficio y el riesgo. Revalorizar la fisioterapia como parte esencial de la prevención en salud es un paso necesario. Moverse de forma consciente, informada y acompañada no solo ayuda a recuperarnos, sino que nos permite vivir mejor, con menos dolor y más libertad de movimiento. Porque, al final, el movimiento no es el problema: muchas veces, la falta de él es la verdadera causa.
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