Por: Mauricio Hernández Sarvide
La infancia es una de las etapas más memorables en la vida de cualquier ser humano. Ser niño te permite imaginar más que racionalizar, además de experimentar muchas primeras veces. Pero, sobre todo, ser niño te permite jugar, divertirte y no preocuparte por lo demás.
Afortunadamente, a mí me tocó una infancia llena de fútbol, amigos, diversión, videojuegos y héroes; muchos superhéroes. De chicos, es difícil no identificarse con alguno, y es aún más difícil enfrentar el golpe de realidad cuando descubres que los superpoderes son inventados —hasta donde sabemos— y que muchas de las hazañas que realizan en películas y cómics son ficticias. Pero no todo es mentira.
Toda historia, especialmente las cinematográficas, proviene de algún lado. Nacen de una experiencia, una emoción, un sentimiento o simplemente de una idea. Incluso las historias de superhéroes. Incluso la de Spiderman.
En mi caso, al igual que medio mundo, tengo entre mis favoritos al Hombre Araña. Trepar muros, lanzar telarañas, columpiarse y salvar a todos es una fantasía que muchos tuvimos. Hoy sigo viendo esas películas, pero con otros ojos. Hoy toca hablar específicamente del primer Spiderman del cine, el interpretado por Tobey Maguire (el mejor, en mi opinión). Pero esta vez hablaremos de su secuela: Spiderman 2 (2004).
En esta entrega, Peter Parker está pasando por una mala racha en todos los sentidos. Su vida como el Hombre Araña le absorbe demasiado y no le deja espacio para nada. Tiene dos trabajos, uno como repartidor y otro como fotógrafo. Lo despiden del primero y en el segundo le pagan mal. Su relación con Harry, su mejor amigo, es tensa por la muerte de su padre y su “cercanía” con el arácnido. Mary Jane, su amor de siempre, está por casarse, y él no ha podido verla en su obra de teatro. Sus calificaciones en la universidad van a la baja. El dinero comienza a ser un problema e incluso su crisis se agudiza en su faceta de héroe, pues repentinamente empieza a sufrir una intermitencia inexplicable en la que sus poderes aparecen y desaparecen.
La película explora el peso que conlleva ser un héroe. A través de ella, Peter se embarca en un viaje de autodescubrimiento que incluso lo lleva a dejar de ser Spiderman por momentos. Sí, arregla su vida en muchos sentidos, pero por alguna razón no se siente a gusto ahora que ya no usa el traje. ¿Por qué?

Porque sabe que no está siendo fiel a sí mismo. Sí, ahora todo marcha bien, pero la gente está desprotegida. La ciudad necesita al Hombre Araña. Peter reconoce entonces que su don es también su responsabilidad, tal como alguna vez le dijo el tío Ben. Ahora sabe que lo correcto es ser un héroe, no porque la ciudad clame por él, sino porque él necesita serlo para estar en paz consigo mismo, aun con todo el sacrificio que eso conlleva.
Peter perdió el sentido, incluso se perdió a sí mismo. Pero tuvo la fuerza de seguir peleando y no darse por vencido, aun cuando por momentos tiró la toalla. Su obligación civil con la ciudad siempre fue grande, pero reencontrarse a sí mismo lo fue aún más.
Spiderman 2 nos ejemplifica de manera brillante que, a veces, hacer lo correcto conlleva un gran peso, pero no hacerlo pesa más. Esta frase de la tía May lo ilustra a la perfección:
“Me parece que hay un héroe en todos nosotros. Nos da fuerza, nos hace nobles, nos mantiene honestos, y al final nos permite morir con orgullo, aunque a veces haya que ser firmes y renunciar a aquello que más queremos, incluso a nuestros sueños”.

Ser fiel a uno mismo es imprescindible no solo para ser feliz, sino para existir plenamente. El camino para lograrlo está lleno de obstáculos. Peter renunció a una vida tranquila, al amor por momentos e incluso a un salario digno que le diera estabilidad. Pero su recompensa es más grande que todo eso: su recompensa es seguir firme a pesar de los tormentos.
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