Por: Agente Geek
¿Qué es lo que hace que una película de terror se vuelva icónica? Pueden ser muchas cosas, pero, a mi consideración, una de las más importantes es que logre ir más allá de lo típico.
Hace mucho tiempo, el género slasher vivía una nueva etapa que se desgastó muy rápido debido a la gran cantidad de películas malas. Entonces llegó una cinta que revolucionó todo: Scream, que ayudó a redefinir el género con sus metacomentarios, su estética camp y su combinación de terror con tintes de comedia. Esto cambió por completo el mundo del cine.
Ahora tenemos su séptima película, pero la gran pregunta es: ¿realmente estuvo a la altura?
Scream 7 trae de regreso a Neve Campbell como Sidney Prescott a la franquicia. Recordemos que ella comandó la mayoría de las entregas, protagonizando las primeras cuatro películas. Sin embargo, tras la muerte de Wes Craven, director de esas primeras cuatro cintas, la franquicia cambió de rumbo, presentando a Melissa Barrera y Jenna Ortega como las nuevas protagonistas, revolucionando lo que ya conocíamos.
Después de dos entregas que construyeron una nueva historia, ahora regresamos con Sidney Prescott como protagonista, quien ahora tiene una hija llamada Tatum. Juntas deberán enfrentarse a un nuevo asesino que ha estado estudiando a Sidney durante años, trayendo todos los traumas de Woodsboro al presente.
La película tiene grandes oportunidades, especialmente en el apartado de la acción y la violencia. Este Ghostface es mucho más brutal, con un nivel de gore más elevado, lo que ayuda a que las muertes sean más impactantes. Además, el ritmo es frenético, haciendo que al menos los primeros dos actos sean completamente entretenidos y enganchen desde el inicio.
También es claro que el regreso de Neve Campbell y muchos elementos que ya habíamos visto en entregas pasadas aportan un fuerte sentimiento de nostalgia a la saga.
Pero aquí es donde aparece el principal problema.
La película depende demasiado de esa nostalgia. Se convierte en un festival de regresos inesperados, como el caso de Matthew Lillard, pero esto deja de lado lo más importante que definió a Scream: su comentario metarreferencial.
Ese elemento se diluye tanto que la película se vuelve predecible, perdiendo la astucia que caracterizaba a la franquicia. En lugar de ser una película de Scream que se burla del terror, se convierte en una película de terror más, como aquellas que la propia saga solía parodiar.
Es más una película de Stab dentro del universo de Scream que una película de Scream dentro del universo real.
Esto empeora con la revelación de quiénes son los nuevos Ghostface. Sin entrar en spoilers, la decisión no termina de justificarse completamente. Si el objetivo era construir nuevos personajes para convertirlos en Ghostface, la película debió desarrollar mejor sus participaciones para que el impacto fuera más fuerte y sus motivaciones más claras.
Este siempre ha sido uno de los puntos más fuertes de la saga: los giros de trama y las revelaciones funcionaban porque estaban integrados de forma orgánica con el comentario meta.
Aquí, eso se pierde.
Scream 7 se siente como un paso hacia atrás respecto a lo que estaban construyendo Scream V y Scream VI. A pesar de tener grandes oportunidades y el regreso triunfal de Sidney Prescott, la película termina quedándose en un limbo.
Un limbo que, sin duda, generará debate entre los fans.
Porque, al final, la verdadera pregunta es:
¿Es un digno regreso… o una traición a lo que hizo grande a Scream?
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