Reconectando

Reconectando

Por: Zaira Valeria Hernández Martínez 

Hay pausas que no elegimos, pero que la vida nos impone con una delicadeza que a veces duele. Pausas que nos obligan a mirar hacia adentro, a respirar distinto, a soltar los planes que parecían tan nuestros.
Noviembre ha sido para mí ese punto de inflexión. Este mes perdí un sueño que habitó en mí, un pedacito de vida que deseaba con el alma. Y aunque su paso fue breve, su huella ha sido inmensa.

No ha sido sencillo escribir estas líneas, pero tal vez ahí reside la esencia de reconectarse: en tener el valor de reconocerse rota y, aun así, dispuesta a sanar. Porque reconectarte contigo misma no siempre es un acto luminoso; a veces empieza en la penumbra, cuando el silencio pesa y la esperanza se tambalea.

En otras columnas he hablado de renacer, de celebrar los logros, de agradecer los ciclos y de aprender a escucharse. Hoy comprendo que cada una de esas palabras cobra un nuevo sentido cuando la vida nos pone frente a la pérdida. No solo la pérdida tangible, sino esa que arrebata una ilusión, un proyecto, una parte de nosotras mismas.
 Y, sin embargo, también ahí, en medio del dolor, hay una enseñanza profunda: valorar lo que fue, agradecer lo que queda y avanzar sin minimizar el sentir.

Reconectarse es mirar atrás sin anclarse, es abrazar la herida sin quedarse en ella. Es recordar que incluso el duelo puede ser una forma de amor. Agradecer no significa olvidar, sino reconocer la huella que cada experiencia deja en el alma.
Hay belleza también en los días que no brillan, porque nos recuerdan de qué estamos hechas y cuánto somos capaces de sostener.

A veces, la reconexión llega cuando nos detenemos a respirar y aceptamos que no todo está bajo control. Que los planes cambian, que la vida tiene su propio ritmo y que, aun así, seguimos siendo merecedoras de esperanza.
Evaluar el camino recorrido es también mirarlo con ternura: lo que se logró, lo que se perdió, lo que aún duele y lo que todavía sueña con florecer.

Celebrar los logros no siempre implica aplaudir un resultado visible; a veces el mayor logro es levantarse un día más, es sonreír sin motivo aparente, es permitirte llorar y no sentir culpa.
Es reencontrarte con tu fuerza, esa que creías perdida.

Hoy entiendo que reconectarme conmigo misma no significa volver a ser la de antes, sino abrazar la que soy ahora, con mis cicatrices, mis silencios y mi renovada fe en los comienzos.
La pausa que impuso noviembre me recordó que la vida, incluso en su fragilidad, sigue siendo un milagro.

En la oscuridad, la luz más profunda suele ser la que nace dentro de una misma.

Porque reconectarse también es agradecer el paso de quien, aunque breve, transformó nuestra forma de mirar el mundo. Es saber que, a pesar del dolor, la luz regresa.
 Que lo vivido no se borra, se integra. Que una parte de nosotros siempre vuelve a nacer, incluso en los días más oscuros.

Este noviembre no quiero hablar de metas ni de resultados. Quiero hablar de gratitud. De esa gratitud que surge cuando comprendemos que cada etapa, incluso la más dura, tiene un sentido en el entramado de nuestra historia.
Que reconectarse es volver a creer, pero sobre todo, volver a sentir.

Agradecer, valorar y avanzar… sin desestimar el dolor, pero tampoco sin dejar de mirar hacia adelante. Porque, al final, reconectarte contigo misma es permitirte ser —en tu luz y en tu sombra—, sabiendo que incluso en la pérdida, hay vida que sigue latiendo.

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