Por: Zaira Valeria Hernández Martínez
Durante mucho tiempo, este espacio ha sido para mí una forma de compartir experiencias, reflexiones y momentos que han marcado mi camino como mujer. No porque mi historia sea extraordinaria, sino porque siempre he creído que cuando una mujer habla con honestidad sobre lo que vive, inevitablemente otras encuentran algo de sí mismas en esas palabras.
Pero escribir también implica evolucionar. Y a veces esa evolución nos invita a mirar más allá de la experiencia personal para reflexionar sobre lo que ocurre en nuestro entorno.
Este mes de marzo, inevitablemente, nos coloca frente a una conversación que cada año vuelve a tomar fuerza: el significado del 8 de marzo y todo lo que representa para las mujeres.
Las marchas, los discursos, los posicionamientos institucionales, las campañas en redes sociales y los mensajes de apoyo se multiplican durante estos días. La palabra feminismo aparece con intensidad en distintos espacios: en el activismo, en la política, en las instituciones y también en la conversación cotidiana.
Y aunque esa visibilidad es resultado de décadas de lucha de mujeres que han abierto camino antes que nosotras, también creo que es necesario detenernos un momento a reflexionar con honestidad: ¿qué significa realmente el feminismo en la práctica cotidiana?
Este año tuve la oportunidad de vivir el 8 de marzo desde un espacio distinto. Desde una asociación en la que participo, organizamos una carrera deportiva conmemorativa del 8M. La intención era sencilla, pero significativa: generar un espacio diferente de convivencia y reflexión, una manera de acercarnos a la sociedad desde un lenguaje distinto, más comunitario, más participativo.
Para mí fue un ejercicio revelador.
Porque me recordó que el feminismo también puede construirse desde nuevas formas de encuentro social. No necesariamente desde la confrontación permanente, sino también desde la creación de espacios donde la conversación, la convivencia y la conciencia puedan generarse de otras maneras.
Esto no significa ignorar las causas profundas que han llevado a miles de mujeres a salir a las calles. Las injusticias siguen existiendo. Las violencias continúan presentes. Y las cifras de feminicidio nos recuerdan dolorosamente que todavía hay mucho por lo que luchar.

Eso no está en discusión.
Pero justamente por la importancia de esa lucha, también me parece necesario preguntarnos algo más profundo: ¿cómo queremos ejercer el feminismo en la sociedad actual?
Hoy el feminismo es una de las conversaciones más visibles de nuestro tiempo. Está en las calles, en los espacios institucionales, en los discursos políticos y también en muchas narrativas públicas.
Sin embargo, esa visibilidad también ha traído consigo una realidad compleja.
En algunos casos, el feminismo se ha convertido en una bandera política. En otros, en una estrategia de posicionamiento institucional o incluso de marketing. Y en muchos espacios, pareciera que el discurso se repite con facilidad, pero no siempre se traduce en prácticas cotidianas de empatía o solidaridad entre mujeres.
Ahí es donde aparece una de las contradicciones más importantes que observo. El feminismo habla constantemente de sororidad, de apoyo entre mujeres y de construcción colectiva. Sin embargo, en la vida cotidiana seguimos viendo dinámicas que poco tienen que ver con esos principios. Las críticas entre mujeres, el señalamiento constante o la competencia silenciosa siguen presentes en espacios donde justamente debería existir acompañamiento.
Y entonces surge una pregunta que creo que vale la pena hacernos con honestidad:
¿Estamos viviendo el feminismo o solamente hablando de él?
Plantear esta reflexión no significa deslegitimar la lucha feminista ni minimizar sus causas. Todo lo contrario. Significa reconocer que cualquier movimiento social que busca transformar una sociedad necesita revisarse constantemente para no perder su sentido.
Porque el feminismo no puede quedarse únicamente en la narrativa.
Una narrativa que aparece cada marzo.
Una narrativa que se repite en campañas institucionales.
Una narrativa que a veces se diluye cuando llega el momento de practicar la empatía real entre mujeres o de generar cambios culturales más profundos.
Si el feminismo busca transformar estructuras sociales, entonces también necesita abrir nuevas rutas para hacerlo. Eso implica hablar de educación, de cultura y de comunidad. Implica también integrar a los hombres en las conversaciones necesarias sobre igualdad y comenzar a abordar con mayor seriedad el tema de las nuevas masculinidades, porque construir una sociedad más justa no puede ser una tarea de un solo lado.
La transformación cultural rara vez ocurre en un solo espacio.
Ocurre en las calles, en las instituciones, en las escuelas, en las conversaciones familiares y también en la forma en la que convivimos entre nosotros como sociedad. Por eso creo que iniciativas distintas —como espacios deportivos, comunitarios o educativos— pueden abrir nuevas formas de participación y conciencia social. No sustituyen la protesta ni la exigencia de justicia, pero sí amplían las maneras en que una sociedad puede reflexionar y transformarse.

El feminismo ha logrado algo fundamental: poner sobre la mesa temas que durante mucho tiempo fueron ignorados o minimizados. Gracias a esa lucha hoy existe una conversación social que antes simplemente no existía.
Pero toda causa que busca transformar una sociedad también necesita evolucionar.
Hoy el desafío parece ser otro: convertir el discurso en práctica cotidiana.
Un feminismo que no dependa únicamente de una fecha en el calendario.
Un feminismo que no se limite a consignas o campañas institucionales.
Un feminismo que se reconozca también en la empatía entre mujeres, en la educación de las nuevas generaciones y en la construcción de una cultura social más consciente.
Tal vez ahí se encuentre el verdadero reto de nuestra época: no solo seguir hablando de feminismo, sino vivirlo con coherencia.
“El feminismo más transformador no es el que se repite con más fuerza un día al año, sino el que cambia la forma en que convivimos todos los días.”

Porque al final, más allá de cualquier narrativa, el cambio verdadero no ocurre únicamente en las consignas. Ocurre en la manera en que decidimos relacionarnos como sociedad.
Y ese, probablemente, es el desafío más grande que tenemos por delante.
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