Por: Mauricio Hernández Sarvide
Siempre estamos expuestos. Podemos tener una rutina calculada al centímetro y al milisegundo. Levantarte a esta hora, salir en 15, caminar, tomar trasporte, trabajar, sacar pendientes, etc. Incluso los más aventurados desarrollan un plan de vida. En 5 años haré esto, en 10 el otro y en 15 me retiro. Sí, eso está espectacularmente bien. Planificar está bien, te ayuda a organizarte y a tener un mejor flujo cotidiano de nuestra realidad. Podría decirse que, en cierto modo, todo eso nos da la ilusión de tener todo bajo control.
Pero ¿qué sucede cuando ocurre algo inesperado? Algo fuera del plan que cambia toda tu vida por completo. Se sufre, porque muchas veces, dicho cambio es inevitable, pero sobre todo porque la vida nos ha enseñado mil veces que no hay reglas y que las catástrofes y las oportunidades, solo suceden.
Kate es una de las mejores chefs de la ciudad. Cada platillo que sale de su cocina está plagado de sabor, intención y, sobre todo, de una dedicación casi enfermiza.
Ella es de esas personas que les gusta tener todo bajo control. Tan es así que muchos ingredientes especiales, los compra ella misma aún cuando no es su tarea. En la cocina manda ella y no acepta las críticas de los comensales. Su temperamento es fuerte, su dedicación aún más. El pequeño gran detalle aquí es que su vida es el restaurante y no vive para nada más.
Un día, la vida la sorprende. Su hermana fallece en un accidente y su sobrina pequeña ha quedado huérfana. La custodia le pertenece legalmente y a pesar de que representa un reto mayúsculo, ella se hace cargo y la lleva a vivir a su departamento.
Paralelamente y a raíz de su duelo, Kate al fin decide tomarse unos días en el trabajo. Sin embargo, cuando regresa su jefa ha contratado a un nuevo sous chef con todas las cualidades contrarias a ella: Relajado, alegre, espontáneo, amante de la ópera e irreverente.
En terapia, Kate aborda todos estos cambios que le ocurren. Por un lado, trata de convertirse en mamá de su sobrina, lidia con el duelo de su hermana, lidera el restaurante y, por si fuera poco, el amor comienza a asomarse cuando decide darle una oportunidad a su nuevo sous chef.
Lo que vemos en “Sin Reservas” (2007) es la lucha de nuestra chef con todos los inesperados cambios por los que atraviesa. Pero lo más destacable de esta historia no es solo la tragedia o el amor, sino justamente eso, el cambio.

Con el pasar de los días, Kate se ve forzada a reconfigurarse en todos sentidos, ser más flexible, más humana, empática, cálida, comprensiva y menos robot. Una tarea sumamente exhaustiva considerando sus viejos hábitos y la constante autoexigencia que tiene por hacer siempre todo de manera perfecta.
Kate descubre que, en realidad, no hay una única manera de sobrepasar por todas las dificultades, sino varias y que, además, no las debe de transitar sola, que se puede acompañar de las personas correctas y que aún así, el logro tendrá el mismo valor a que si lo hace sola.
Pero solo consigue llegar a ese punto luego de resistirse incontables veces, hasta que no puede más y acepta ayuda. Incluso en la película, Nick, el sous chef se lo menciona luego de una pelea: está bien dejar entrar personas de vez en cuando.
Casi nunca nos damos cuenta de lo duros que somos con nosotros mismos. Sí está bien exigirse y hacer lo mejor posible, pero no todo el tiempo. Podemos con todo, pero no con todo al mismo tiempo. También se vale pedir ayuda.
La chef Kate nos enseña que no debemos ser duros y cerrados todo el tiempo, sino abiertos y receptivos. Pero además es importante mostrarnos vulnerables. Solo así conseguiremos conexiones y objetivos reales. Solo a través de la vulnerabilidad es que podemos sentirnos plenos de hacer y de amar.
Gracias chef por recordarnos que el cambio es impredecible, pero sobre todo inevitable y que anda está garantizado. Gracias porque a veces se nos olvida a todos ser un poco más espontáneos y por darnos el valor de decir: Adiós control.
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