Por: Zaira Valeria Hernández Martínez
Hay una palabra que escuchamos constantemente cuando hablamos de feminismo: sororidad.
Se repite en discursos, en redes sociales, en espacios institucionales y en conversaciones cotidianas. Se ha convertido en uno de los conceptos más representativos del movimiento. Pero, entre todo lo que se dice, pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo esencial: ¿realmente estamos practicando la sororidad en la vida diaria?
Durante los últimos meses, participando en distintos espacios y asociaciones, he tenido la oportunidad de convivir, trabajar y coincidir con muchas mujeres: mujeres con historias distintas, con trayectorias diversas, con contextos que no siempre se parecen entre sí.
Y en medio de esa convivencia, he observado algo que me parece importante poner sobre la mesa. Hablamos mucho de apoyo entre mujeres, pero en la práctica ese apoyo no siempre es evidente.
La crítica constante, el juicio silencioso, la comparación y, en algunos casos, la competencia disfrazada de opinión siguen presentes en espacios donde justamente debería existir acompañamiento.
No se trata de generalizar ni de negar que existan redes de apoyo reales —porque sí las hay—, pero también es cierto que todavía estamos lejos de construir una cultura sólida de sororidad.
Y esto nos lleva a una reflexión más profunda.
La sororidad no es solo un concepto que se pronuncia; es una práctica que se ejerce.
No se limita a levantar la voz en un discurso o a compartir un mensaje en redes sociales. Se construye en lo cotidiano: en la forma en que hablamos de otras mujeres, en cómo reaccionamos ante sus logros, en la manera en que acompañamos sus procesos, incluso cuando no los entendemos del todo.

Porque, si algo ha demostrado la historia, es que las mujeres han enfrentado desigualdades estructurales durante generaciones. Y justamente por eso, el feminismo ha insistido tanto en la importancia de construir redes de apoyo.
Sin embargo, en el contexto actual, parece existir una contradicción importante.
Por un lado, el discurso de la sororidad está más presente que nunca.
Por otro, en la práctica cotidiana seguimos reproduciendo dinámicas que poco tienen que ver con ese principio. ¿Por qué ocurre esto?
Tal vez porque construir sororidad real implica algo más complejo que repetir una idea.
Implica cuestionarnos, incomodarnos y, en muchos casos, desaprender formas de relacionarnos que hemos normalizado durante años.
Implica reconocer que la competencia entre mujeres no siempre es individual, sino que también responde a estructuras sociales que durante mucho tiempo nos han colocado en espacios limitados.
Pero entenderlo no es suficiente.
El verdadero reto está en decidir actuar distinto.
En elegir no sumarnos a la crítica fácil.
En evitar el juicio inmediato.
En reconocer el valor de otras mujeres sin sentir que eso disminuye el propio.
“La sororidad no se construye en el discurso, se demuestra en la forma en que una mujer trata a otra cuando nadie está mirando.”
Hablar de sororidad también implica aceptar que no siempre va a ser cómoda.
No siempre vamos a coincidir.
No siempre vamos a pensar igual.
No siempre vamos a entender las decisiones de otras mujeres.
Pero precisamente ahí es donde empieza el verdadero ejercicio de empatía.
Porque la sororidad no significa estar de acuerdo en todo. Significa, sobre todo, elegir no ser parte del mismo sistema de descalificación que históricamente ha afectado a las mujeres.
Si queremos que el feminismo siga avanzando, no basta con que sus conceptos sean visibles. Necesitamos que sean coherentes. Que lo que decimos esté alineado con lo que hacemos. Que el apoyo entre mujeres no sea solo una idea aspiracional, sino una práctica cotidiana.

“El feminismo no se fortalece solo en las calles o en los discursos; también se construye en la manera en que las mujeres decidimos relacionarnos entre nosotras.”
Tal vez el desafío más grande que tenemos hoy no sea aprender nuevos conceptos, sino aprender a vivirlos.
Porque, al final, la sororidad no es una tendencia ni una consigna.
Es una decisión.
Y la pregunta es inevitable:
¿Estamos dispuestas a practicarla, incluso cuando es incómoda?
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