Por: Mauricio Hernández Sarvide
Era un sábado por la tarde. Como de costumbre, estábamos viendo películas en Netflix.
Pareciera que es la única actividad que gozamos al máximo ambos al estar en casa. Todo empezó con un dolor, luego otro y otro, cada vez más agudo; hasta me llegó a parecer algo incontrolable, como si ese fuera el principio del fin. Ojalá todo hubiera acabado ahí, con una pastilla o una simple inyección, pero no. Solo era el comienzo.
Iván Aivazovsky fue un pintor ruso de origen armenio, uno de los más respetados de su generación. Su principal fuerte era el retrato de memoria del mar, casi siempre. Su método se basaba en bosquejar a lápiz para posteriormente reproducir sus creaciones en pintura.

Estudió en la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo y, a pesar de pasar casi toda su vida viajando en busca de nuevos retratos, su ciudad natal, Feodosia, fue el pilar de su ferviente interés por pintar escenas del océano. Tan bueno era que se convirtió en pintor oficial, por un tiempo, de la armada rusa, lo que, a su vez, le permitió adentrarse más allá del Mar Negro, de donde era originario, y retratar igualmente escenas de guerra.
La pintura de la cual hablaremos hoy es “La tempestad” de 1851. Este cuadro podría parecer sencillo a simple vista para algunos. Para otros tantos, como yo, encausa algo más.
Los colores que utiliza hacen parecer a esta obra como una fotografía de aquellos años o, al menos, una reproducción. Ese juego de azules que solo ofrecen el mar, el cielo y sus refracciones mutuas dan como resultado una cualidad importante: la profundidad.

El barco que se observa está en buen estado y se ve que va a todo vapor, pero hacia la tormenta que se encuentra justo frente a él. Pero si hay una tormenta con potencial peligro, ¿por qué ir hacia ella? ¿No sería más fácil solo dar la vuelta? Más aún cuando a un costado yace un mástil de lo que seguramente fue una tripulación con su mismo rumbo. La respuesta es no. Sencillamente porque no hay otro camino, sobre todo en esos tiempos donde no se tenían los recursos tecnológicos y marítimos que se tienen hoy en día. Me atrevo a decir que lo que quiso romantizar Iván no fue el mar, el cielo, sus tonos, el barco o
la tormenta, sino la inevitabilidad.
El dolor y el sufrimiento me parecen algo inherente en nuestros caminos aquí, cualesquiera que sean. Son algo universal y, a veces, la presión necesaria que nos forja hasta convertirnos en quienes somos hoy.
Personalmente, no puedo recordar mucho de ese episodio del principio, la tarde-noche de ese sábado. Más bien, muchas veces prefiero no hacerlo. A nadie le gusta recordar que un microdolor de un día puede convertirse en horas de incertidumbre y en noches en vela en el hospital.
Me transfiguro en ese momento, cuando el dolor apareció. Algo en mí sabía que se avecinaba una tormenta. Jamás sentí más angustia en mi vida. Pero ese día yo no era el único que sufría; solo fui parte de la tripulación de ese barco. Quien sufría más era el capitán.
Un capitán que, increíblemente, jamás se inmutó a pesar de ver aquella tempestad ante sus ojos. Al contrario, como buen líder, siempre se mantuvo sereno, fuerte y confiado. Dirigió como los grandes y me dijo qué había que hacer y a quién llamar, todo mientras convalecía al mismo tiempo. Todo mientras veía el negro de la tormenta.
En ese momento no entendía la calma que poblaba su rostro, pero hoy entiendo que fue necesaria, porque necesitaba dirigirnos correctamente ese día más que ningún otro. Él sabía el riesgo y que los rayos nos alcanzarían. Aun así, como los grandes marineros, la libró.
Y aunque aún no llegamos a tierra firme, el trayecto y sus desventuras ya no me ponen tan nervioso, porque entendí que, si en mi barco está mi Capitán, nada —ni siquiera lo inevitable e impredecible de una tormenta— puede detenernos.
TQM, Capitán. Tú sabes quién eres.
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