Por: Mauricio Hernández Sarvide
Como ya hemos repasado en esta columna, existen distintas formas de arte: pintura, música, cine, escultura, fotografía, entre otras. Pero este concepto se manifiesta en tantas formas y matices que a veces olvidamos que también puede encontrarse en los desayunos, las comidas y las cenas; más concretamente, en la cocina.
Para quienes nunca han trabajado en el ámbito culinario, existen jerarquías, como en cualquier otro trabajo: chef, sous chef, cocineros, encargados de área, lavalozas, baristas, camareros… solo por mencionar algunos puestos. Dentro de una cocina, la vida es un vaivén de comandas, producciones y limpieza, pero también es un espacio donde surge el arte.
La comida significa mucho para nosotros como humanidad. Satisface una necesidad fisiológica inmediata y primordial, pero en los restaurantes, o en cualquier establecimiento donde se sirvan platillos, además de la calidad, también surge la pasión.
Por supuesto que es un oficio demandante, pero hay algo en la creación y en el placer de apreciar el resultado final de un platillo o una bebida que atrae a muchos, incluso a quienes menos imaginamos… en este caso muy particular, a una rata.
Ratatouille (2007) es una producción de Disney Pixar que narra la historia de Remy, una rata que vive en las alcantarillas de París, Francia. Su vida transcurre entre conseguir comida junto a su familia y sobrevivir.
Con el tiempo, descubre que tiene un olfato sumamente desarrollado y, como consecuencia, un gusto exquisito. Afortunadamente, encuentra su pasión por el mundo culinario al visitar la casa de una anciana fanática del chef Gusteau, considerado el mejor de Francia.

Cada día, la anciana veía el canal de cocina donde aparecía Gusteau. Remy, escondido, lo observaba con ella y así descubrió que quizás no había nacido solo para cumplir los deberes de una rata, sino para algo más.
Tras una trifulca en casa de la señora, toda su familia es descubierta y huye por un río. Remy se queda atrás y se separa de ellos. Deambula por las alcantarillas hasta que, al salir, descubre que siempre había estado bajo la mágica París.
Por azares del destino, llega al restaurante de Gusteau, que vive en crisis tras la muerte del chef. Ahí conoce a Linguini, un lavaplatos que arruina una sopa en su primer día de trabajo, pero que, para su suerte, Remy corrige discretamente. Desde entonces, forman una entrañable amistad y se coordinan para cocinar en secreto: Linguini ejecuta y Remy crea, sin que nadie lo note.
Con el tiempo, la verdad sale a la luz. Aunque incomoda a muchos, otros la aceptan, pues, a pesar de que por “higiene” las ratas no pertenecen a la cocina, Remy no hacía daño a nadie. Incluso estuvo dispuesto a dar su vida por el arte que amaba.

Ratatouille nos enseña, como decía el chef Gusteau: “Cualquiera puede cocinar”. En otras palabras, un gran artista puede provenir de cualquier lugar, incluso de quien menos lo imaginamos.
Remy nos demuestra que, aunque todo tu entorno te diga que no, la última palabra siempre la tienes tú. Siguió su pasión arriesgándolo todo. Haciendo y deshaciendo, logró alcanzar su sueño. Si no se hubiera atrevido a cocinar junto a Linguini, probablemente su vida habría sido común… y sobre todo, triste. Lo bueno es que eligió el sendero difícil.
El camino nunca es fácil, pero cuando algo te apasiona y sabes que es ahí donde debes estar, nada te detiene. Porque, a veces, por más que todo parezca escrito, la persuasión le gana al destino.

