Por: Mauricio Hernández Sarvide
El primer ruido que escuchamos la mayoría de nosotros por la mañana casi siempre es el de la alarma. Esa musiquita, muchas veces molesta, que tiene el único fin de cortarnos el sueño.
Cuando al fin decidimos despegarnos de la cama, nos metemos al baño y aparece el sonido del agua que, junto con el shock de meterse encuerado, hace que por fin agarres la onda y te despiertes. Luego te vistes, haces tu desayuno y escuchas el “tss” del sartén al poner tus huevitos con jamón que te llevarás en un tupper: el último paso antes de salir de tu casa.
Cierras la puerta y empieza un escenario sonoro único que depende de dónde vives y de la ruta que sigues; en mi caso son muchos carros, a veces pajaritos cantando y el claxon del chofer del gas que siempre pasa tempranísimo.
Subes al taxi, saludas y, sorprendentemente, empieza una buena plática sobre la música mexicana, en la que el taxista viene armando su ranking de mejores voces mexicanas.
Incluye a los más grandes: José José, Juan Gabriel, LuisMi, Chente, Alejandro Fernández… y todo sucede mientras escuchas una melodía de los Teen Tops. Llegas al trabajo un poco más de buenas y ahora sí comienzan tus cometidos diarios.
Todos esos sonidos se vuelven cotidianos: la alarma, el sartén, los pajaritos, los autos, los claxons, el taxista, la radio, la música… todo pareciera predispuesto a estar ahí. Pero imagínate que un día despiertas y ninguna de esas notas urbanas está ahí. Peor aún: están, pero tú no las puedes oír.
Ruben es un apasionado baterista que se dedica a la música junto a su novia Lou, una talentosa cantante. Viven juntos en una caravana en la que pasean de ciudad en ciudad, dependiendo de dónde vayan a tocar. Su vida es la música y también su único sustento. Ambos tienen en puerta una gira y la grabación de un álbum, gracias a que su proyecto ha gustado y ha ido creciendo.
Todo iba caminando… hasta el último concierto. Ya en el acto final, Ruben empieza a tener un zumbido prominente en sus oídos, pero no le da importancia. Al otro día despierta y no puede oír nada, al menos no como antes.
Acude a consulta sin decirle nada a Lou y, luego de varias pruebas, descubre que ha perdido repentinamente la audición casi en un 80 % en ambos oídos. Ahora, su única opción es un tratamiento de cinco cifras que no le garantiza nada o aceptar su sordera. Esta es la historia de The Sound of Metal (2019).
Básicamente, lo que vemos en este largometraje es la travesía de Ruben hacia la aceptación de su nueva condición y todas las fases por las que pasa desde su diagnóstico. Pero, sobre todo, se retrata la desesperación que sufre por perder una de sus herramientas y la costosa adaptación que implica redirigir su vida.

Ruben entra a una casa especialmente para gente sorda y, renuentemente, empieza a aprender lenguaje de señas y a desarrollarse poco a poco. Aun así, vende todas sus cosas y consigue hacerse la operación. No obstante, no escucha igual: ahora, con sus nuevos implantes, escucha todo como si fuera un robot. Solo engaña a su cerebro, pero su audición nunca regresa y, ahora que lo perdió todo, solo le queda aceptar que tal vez su mejor opción, increíblemente, sea no escuchar más.
Muchos dicen que la vida es impredecible; creo que no podría estar más de acuerdo. Uno se acostumbra a la rutina y muchas veces se nos olvida lo efímero que es existir y lo rápido que todo puede cambiar.
Cuando algo como lo de Ruben nos sucede —no específicamente su diagnóstico, sino algo que nos redirecciona— es muy difícil no enojarse ni sentirse desesperado.
Sin embargo, el cambio es lo único constante en nuestra existencia. Cuando llega inesperadamente, duele un poco más. Pero entre más rápido lo aceptes, más rápido te adaptas y más rápido te fortaleces.
Sufrir el cambio es necesario, pero abrazarlo lo es aún más, incluso si llega sin ningún aviso.
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