Por: Mauricio Hernández Sarvide
Jamie Randall es determinado, perspicaz y tiene una gran habilidad para las ventas, pero la mayor de sus cualidades es que es todo un seductor. Para Jamie, ligar es un juego que ha aprendido y perfeccionado a lo largo de su vida. Sin embargo, lo suyo no son las relaciones formales, sino los encuentros casuales, sin dramas ni sentimientos de por medio.
Se dedica a la venta de fármacos en Pfizer y, en una visita promocional con un doctor, conoce a una paciente: Maggie. Una fotógrafa apasionada que trabaja en una cafetería y que, coincidentemente, visita el consultorio porque tiene Parkinson a sus escasos 26 años.
Después de conocerse, Jamie logra contactarla e invitarla a salir. Ambos rechazan los enredos y el costo emocional que implica una relación. Consecuentemente, su aventura comienza con encuentros sexuales casuales, pero ninguno de los dos predijo lo que sucedería después. Esta es la premisa de la película De amor y otras adicciones (2010).
En esta historia se explora el amor cuando surge de una manera no tan convencional y se aborda desde el deseo honesto: “yo no quiero estar románticamente contigo, ni tú conmigo, y si por cualquier razón esto avanza en ese rumbo, se termina”.
Pero esto no es definitivo. Se puede intentar mantener lo “casual”. No obstante, somos humanos y una de nuestras características innatas es sentir, experimentar emociones; emociones que, si se les da continuidad, terminan convirtiéndose en sentimientos profundos, sobre todo cuando se trata de enamorarse. Exactamente lo que les pasó a Maggie y Jamie.
Con el tiempo, inevitablemente empiezan a conocerse más a fondo, hasta el punto en que, cuando ambos se dan cuenta de sus sentimientos, fieles a su convicción, deciden huir de ellos. Lo que no saben es que del amor no se escapa, porque se experimenta con otro, pero siempre dentro de uno mismo.

Después de su huida, ambos se muestran dispuestos a tener una relación: ahora se aman.
Pero el amor también requiere esfuerzo y trabajo diario. Más aún en esta situación, donde Jamie atraviesa una racha de ventas exitosa y Maggie sigue deteriorándose por su enfermedad, a pesar de hacer todo lo posible por evitarlo.
Jamie busca curas y mil remedios para ella. Entonces se dan cuenta de que, en realidad, era él quien quería que Maggie sanara para evitar las dificultades futuras propias de su condición. Maggie lo echa, a pesar de que Jamie quería quedarse, y terminan.
Jamie reflexiona y no tarda en aceptar que, aun con todo el paquete que conlleva estar con Maggie, él la ama y no solo quiere, sino que necesita estar con ella. La busca y, aunque Maggie se resiste porque no quiere que él viva lo que futuramente sucederá con su enfermedad, Jamie decide quedarse y amarla, ahora sí, con todo el paquete y aceptándola tal y como es.
A veces somos muy ilusos cuando se trata del amor. En este caso, ambos terminaron haciendo lo que no querían: enamorarse. ¿Por qué? Porque pensamos que, si ponemos límites, uno no se enamora.
Creemos, tontamente, que al amor podemos controlarlo, predecirlo y que así podemos encontrarlo más fácilmente. Pero no es así. El amor no se controla; el amor es el que te encuentra, a su forma y a su tiempo.
Sí, está plagado de decisiones conscientes. Pero para encender una llama se necesita fricción; fricción entre dos que se convierte en explosión. Así como cuando conoces a alguien, la observas y dices: “¿Cómo? Algo me está pasando”. Ese piquetito es la fricción, y depende de cómo respondemos a esa llama si se aviva o se apaga. Es decir, si se decide ir por el camino de enamorarse o retirarse.
Lo que es innegable es que esa sensación primeriza, ese pinchazo o premonición (como le quieras llamar), no se da todos los días; simplemente sucede, simplemente se siente. Solo pasa cuando te cruzas con lo inevitable.
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