La trampa de la mujer que puede con todo

La trampa de la mujer que puede con todo

Por: Zaira Valeria Hernández Martínez

Hay una frase que escuchamos con frecuencia cuando se habla de una mujer exitosa: “Es increíble, puede con todo.” Lo decimos como un reconocimiento, como si la capacidad de sostener múltiples responsabilidades al mismo tiempo fuera el mayor indicador de fortaleza. Y, sin darnos cuenta, esa admiración ha terminado convirtiéndose en una expectativa.

Hoy pareciera que ser una mujer realizada implica responder a una lista interminable de exigencias: desarrollarse profesionalmente, ser una madre presente, cuidar de su familia, mantenerse en constante preparación, participar en proyectos sociales, atender su salud, conservar relaciones personales sanas y, además, hacerlo todo con una sonrisa.

La pregunta es inevitable: ¿en qué momento confundimos el empoderamiento con la obligación de poder con todo?

Durante décadas, las mujeres lucharon por abrirse camino en espacios que les habían sido negados. Gracias a ello, hoy tenemos mayores oportunidades para estudiar, trabajar, emprender y ocupar posiciones de liderazgo. Sin embargo, junto con esos avances apareció una presión silenciosa que pocas veces analizamos: la de demostrar, todos los días, que somos capaces de cumplir todos los roles al mismo tiempo. Como si el éxito femenino dependiera de no detenerse nunca, como si pedir ayuda fuera un signo de debilidad y como si descansar significara fracasar.

La consecuencia de esa idea es una sobrecarga que muchas veces permanece invisible. No solo hablamos del cansancio físico; hablamos de la carga mental de recordar pendientes, organizar horarios, resolver problemas, anticiparse a las necesidades de otros y sostener emocionalmente a quienes nos rodean. Es un trabajo que rara vez aparece en un currículum, pero que consume tiempo, energía y bienestar.

En lo personal, he vivido esa realidad más de una vez. Entre la maternidad, mi participación en asociaciones, los proyectos profesionales y las responsabilidades cotidianas, hubo momentos en los que pensé que ser una mujer comprometida significaba no detenerme. Con el tiempo comprendí que esa idea también podía convertirse en una trampa.

Porque hacer muchas cosas no siempre significa vivir mejor. Y estar ocupada no necesariamente significa estar creciendo. A veces solo significa que hemos normalizado la sobreexigencia.

Lo preocupante es que esa presión ya no proviene únicamente del entorno. Muchas veces somos nosotras mismas quienes alimentamos la idea de que debemos responder a todas las expectativas. Queremos hacerlo todo bien, no decepcionar a nadie, estar presentes en cada espacio y, cuando no lo logramos, aparece una emoción que acompaña silenciosamente a muchas mujeres: la culpa.

Culpa por descansar. Culpa por decir que no. Culpa por cancelar un compromiso. Culpa por dedicar tiempo a nosotras mismas.

Pero quizá ha llegado el momento de replantear esa narrativa. Porque el verdadero empoderamiento no debería medirse por la cantidad de responsabilidades que una mujer es capaz de soportar. Debería medirse por la libertad que tiene para decidir cómo quiere vivir; también por su capacidad de establecer límites, de pedir ayuda y de reconocer que no necesita demostrar permanentemente su valor a través del agotamiento.

Las mujeres no tenemos que elegir entre nuestros sueños y nuestro bienestar. Tampoco deberíamos sentir que cuidar de nosotras mismas nos hace menos comprometidas. Al contrario: una mujer que descansa también construye. Una mujer que pone límites también lidera. Una mujer que reconoce sus propias necesidades también está enseñando una nueva forma de fortaleza.

Porque quizá el mayor acto de empoderamiento no sea demostrar que podemos con todo.

Quizá sea entender que nunca debimos cargar con todo para demostrar lo que valemos.

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