Mujeres en el poder: presencia o influencia

Mujeres en el poder: presencia o influencia

Por: Zaira Valeria Hernández Martínez 

Durante años, las mujeres han luchado por abrirse paso en espacios de estudio, trabajo, participación y liderazgo que durante mucho tiempo les fueron negados. Gracias a ese esfuerzo, hoy vemos más mujeres ocupando cargos directivos, encabezando organizaciones y formando parte de ámbitos que antes estaban reservados casi exclusivamente para los hombres.

Sin embargo, el desafío ya no es únicamente estar presentes. La verdadera pregunta es cuánto influimos desde esos espacios y qué capacidad real tenemos para transformar las decisiones que allí se toman.

A medida que he participado en distintos proyectos y asociaciones, me he encontrado reflexionando sobre una pregunta cada vez más relevante:

¿Estar presentes significa necesariamente tener influencia?

Porque una cosa es ocupar una silla en la mesa y otra muy distinta es tener voz cuando se toman las decisiones. Durante mucho tiempo, la conversación sobre igualdad se centró en el acceso. Lograr que las mujeres llegaran a determinados ámbitos era, y sigue siendo, una causa legítima.

Pero una vez alcanzado ese objetivo, surge una nueva pregunta: ¿Qué ocurre con la representación?

En ocasiones, la participación femenina corre el riesgo de convertirse en algo simbólico. Una presencia que cumple con indicadores, fotografías o discursos institucionales, pero que no necesariamente se traduce en capacidad de decisión.

Y eso nos obliga a reflexionar sobre algo incómodo: la representación por sí sola no garantiza cambios. Porque la verdadera inclusión no ocurre cuando una mujer ocupa un lugar.

Ocurre cuando puede ejercerlo plenamente.

Cuando sus ideas son consideradas.

Cuando sus opiniones tienen valor.

Cuando su liderazgo no necesita justificarse constantemente.

Por eso, el siguiente paso es hablar de influencia.

No es suficiente con estar.

Necesitamos preguntarnos qué tan escuchadas somos, qué peso tienen nuestras propuestas y qué tan abiertas están las estructuras para incorporar liderazgos femeninos de manera auténtica. Afortunadamente, también estamos viendo cambios importantes.

Cada vez más mujeres están construyendo formas de liderazgo menos centradas en la jerarquía y más enfocadas en la colaboración, la empatía, la construcción de comunidad y la búsqueda de soluciones colectivas.

Y lejos de representar una debilidad, estas características están demostrando ser una fortaleza en un mundo que enfrenta desafíos cada vez más complejos.

Sin embargo, también debemos reconocer que el reto no termina al abrir una puerta; muchas veces, las barreras más difíciles aparecen después de cruzarla.

La necesidad de demostrar permanentemente capacidad.

La presión de evitar errores.

La exigencia de cumplir estándares que no siempre se aplican de la misma manera para todos.

Y aun así, miles de mujeres continúan participando, proponiendo y construyendo.

Lo hacen desde empresas.

Desde organizaciones civiles.

Desde instituciones.

Desde comunidades.

Desde ámbitos que rara vez ocupan los titulares, pero que transforman realidades todos los días.

Por eso creo que la conversación no debería centrarse únicamente en cuántas mujeres llegan.

También necesitamos hablar de cuánto influyen.

Porque el objetivo nunca fue ocupar lugares por ocuparlos.

El objetivo siempre ha sido contribuir a transformarlos.

Y quizá el verdadero avance no se medirá solo por el número de mujeres presentes en las mesas de decisión, sino por la capacidad real que tengan para orientar el rumbo de esas decisiones.

Por eso, el llamado es claro: no basta con abrir espacios; debemos asegurar que las mujeres participen, sean escuchadas y tengan poder efectivo para incidir en aquello que afecta a nuestras organizaciones, comunidades y sociedades.

Cuando las mujeres influyen de verdad, las decisiones se enriquecen, las perspectivas se amplían y las transformaciones dejan de ser promesas para convertirse en resultados.

Porque el cambio no ocurre cuando una mujer ocupa un asiento.

Ocurre cuando su voz mueve la mesa.

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