Por: Zaira Valeria Hernández Martínez
Este mes se suponía que escribiría sobre la culpa de ser madre joven y querer más.
Sobre cómo amar a los hijos no significa renunciar a una misma.
Y, sin embargo, aquí estoy, escribiendo desde un lugar muy distinto: el del cansancio profundo, la confusión, la pérdida… y la culpa de no estar pudiendo con todo.
Porque a veces la vida no llega en forma de reflexión ordenada, sino como una avalancha.
En los últimos meses he perdido muchas cosas: un trabajo que era parte de mi identidad, espacios donde creía pertenecer, personas que pensé que eran red de apoyo. También perdí algo que me dolió más de lo que me atrevo a decir en voz alta: la versión de mí que tenía un plan claro.
Ese plan incluía cerrar una etapa muy importante de mi vida en una fecha exacta. Lo tenía medido, soñado, trabajado. Pero las cosas no salieron como esperaba. Entre el desgaste emocional, la salud, las responsabilidades y los cambios laborales, ese cierre no llegó en el momento que yo había imaginado.
Y ahí apareció ella: la culpa.
Esa culpa femenina que no sólo te dice “las cosas no salieron”, sino que te susurra “no eres suficiente”.
Culpa por no haber hecho más.
Culpa por no haber podido con todo.
Culpa por no ser la versión productiva, fuerte y estable que creías que debías ser.
Culpa por estar agotada.
Culpa por no poder más.
Y, la más dolorosa de todas:
Culpa por ser mamá… y aun así sentir que a veces no puedes ni contigo.
Nos enseñaron que las mujeres podemos con todo. Que debemos poder con todo. Que si no podemos, es porque no nos organizamos bien, no nos esforzamos suficiente o nos estamos “victimizando”.
Pero nadie habla de lo que pasa cuando de verdad se te juntan las pérdidas, la salud, el dinero, el desgaste emocional y la soledad… todo al mismo tiempo.
Nadie habla de lo que se siente no encontrar un lugar seguro.
No en el trabajo.
No en los espacios donde antes militabas.
No siempre en la familia.
A veces ni siquiera en la terapia.
Y entonces te preguntas en silencio:
¿Dónde descanso yo?
¿Quién me sostiene a mí?
Ser madre joven y querer más no sólo es cargar con el juicio social de “deberías conformarte”, también es cargar con la autoexigencia de demostrar que sí puedes, que sí vales, que sí eres capaz de criar, trabajar, estudiar, luchar, sostener, cuidar… sin romperte.
Pero la verdad es que a veces sí nos rompemos.
Y romperse no te hace mala madre.
Te hace humana.
Amar a nuestros hijos no significa dejar de ser personas con límites.
No significa no cansarnos.
No significa no deprimirnos.
No significa saber siempre qué hacer.
Hay días en los que una funciona en “modo automático”. Cumple, resuelve, sonríe cuando puede… pero por dentro se siente vacía, fuera de lugar, como si ya no perteneciera a ningún sitio. Y encima llega la vergüenza por sentirse así, cuando “hay gente que está peor”.
Pero el dolor no se mide en competencias.
Tu herida no se invalida porque exista otra más grande.
Aprender a soltar también es soltar la idea de que debimos poder con todo.
Soltar la versión de nosotras que sólo existía en planes perfectos.
Soltar la culpa por no estar floreciendo en una etapa donde apenas estamos sobreviviendo.
Esta columna no tiene moraleja perfecta.
No termina con “y entonces todo mejoró”.
Termina con algo más honesto:
Estoy aprendiendo a no odiarme por no poder con todo al mismo tiempo.
Estoy aprendiendo que pedir ayuda no me hace débil, aunque aún no sepa bien cómo hacerlo.
Estoy aprendiendo que mi valor no desaparece cuando las cosas no salen como planeé, ni en los trabajos perdidos, ni en los días en los que sólo quiero desaparecer un rato del mundo.
Y si tú, que lees esto, también te sientes fuera de lugar, cansada, culpable por no ser la mujer fuerte que todos creen que eres…
No estás sola.
No estás fallando.
Estás atravesando algo difícil.
A veces resistir no se ve como luchar.
A veces resistir se ve como levantarte, cumplir lo indispensable y respirar hondo para intentarlo de nuevo mañana.
Y eso, aunque nadie te lo aplauda, también es una forma de valentía.

Quizá crecer también se parece a esto: a reconstruir la identidad cuando se cae todo lo que creías que te definía. A darte cuenta de que no eres sólo lo que produces, lo que logras o lo que sostienes para otros. Eres también la mujer cansada que sigue, la madre que ama aun cuando está rota, la persona que no se ha rendido aunque haya días en los que no sabe cómo continuar.
Tal vez no estoy en la etapa más brillante de mi vida.
Pero sigo aquí.
Y a veces, seguir aquí… ya es un acto profundo de amor propio.
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